Un artículo de Enrique Cedillo

Una de las ilusiones con las que el actual sistema social se perpetúa es la creencia de que éste podría funcionar pero no funciona debido a la corrupción de quienes ostentan el poder. La realidad es que los sistemas funcionan más allá de las voluntades individuales, tanto así que la voluntad de las personas está determinada por el sistema social en el que viven.

Todos los políticos burgueses y quienes les siguen están hermanados por un espectral enemigo común: la corrupción. Ese es el villano brumoso, atiborrado de determinaciones morales y religiosas,  tras el cual pretenden arengarnos todo tipo de figuras, independientemente de las minucias ideológicas que las diferencian. La corrupción es un elemento retórico presente en el discurso de políticos tan supuestamente dispares como, en el caso mexicano, Margarita Zavala y López Obrador, que más allá de su simplismo, encierra una de las claves a partir de las cuales es posible entender cómo es que un sistema fundamentalmente injusto ha podido y sigue perpetuándose a pesar de sus contradicciones evidentes.

No se equivocan los que se mofan  de la ingenuidad de AMLO, pues al declarar, parafraseo, que la corrupción es un mal que se da de arriba hacia abajo y que el sistema se corregiría en consecuencia si el presidente pone el ejemplo, traslada los principios de la economía por goteo o teoría del derrame de Reagan y Thatcher a lo moral, pasando así del despropósito al absurdo. Se equivocan así mismo quienes no reconocen que, dada su estulticia, Enrique Peña Nieto es en esta materia el proverbial burro que tocó la flauta: la corrupción, efectivamente, no es la causa de todo. El argumento de la corrupción, por su naturaleza meramente mística, es no nada más inadecuado para abordar las condiciones de ésta y de cualquier otra sociedad a lo largo del tiempo, sino también un falso señuelo ideológico que las clases económicamente dominantes usan para mantener el control sobre la mayoría.

No es fácil observar esto a primera vista. Si bien todos podemos ver la necesidad urgente de realizar grandes cambios en atención a la descomposición social global evidente (manifiesta en el hambre y miseria general de millones y la violencia de todo tipo que es subsecuente a esta, desde lo local, como la proliferación del narcotráfico mexicano, hasta las guerras imperialistas, el terrorismo, la crisis medioambiental, etc.), el analizar estos fenómenos a la luz de interpretaciones ideológicas moralizantes y no de las circunstancias materiales concretas que los originan nos llevará inevitablemente a las conclusiones erróneas. Podemos creer que el actual sistema global (el capitalismo en fase imperialista(1) podría funcionar pero no funciona debido a la corrupción moral de quienes ostentan el poder, y por tanto, funcionaría correctamente si sus posiciones fueran ocupadas por hipotéticas personas de cualidades éticas probas, cuando en realidad todos los males antes denunciados son manifestaciones de las contradicciones inherentes al sistema de producción burgués, cuyas instituciones (independientemente de lo que clamen en el papel, en el plano ideal), originadas en su mayoría a partir de la Ilustración y la Revolución Francesa, funcionan perfectamente para lo que están diseñadas: salvaguardar la contradicción capital-trabajo, es decir, la propiedad privada de una minoría sobre el trabajo socialmente producido por la mayoría. El capitalismo es fundamentalmente injusto dado que, al no haber abolido las contradicciones de clase presentes en todos los modos de producción post-primitivos que le precedieron, su base económica es la explotación del hombre por el hombre.

La infraestructura de toda sociedad son sus relaciones de producción, pues la manera más elemental en que ocurre la interacción humana es la manera en que generamos e intercambiamos todo aquello necesario para el sostén de la vida. Es a partir de estas relaciones, como prueba el materialismo histórico, que se levantan todas las construcciones sociales supra-estructurales: las instituciones políticas, religiosas, culturales y de cualquier otra naturaleza (2). A pesar de que la historia se nos presenta típicamente de manera idealista, como la sucesión del pensamiento aplicado de grandes hombres y mujeres, la historia es en realidad el desarrollo dialéctico de las fuerzas productivas: el feudalismo dio paso al capitalismo no mediante la integridad moral o la genialidad de ciertos personajes (3) que la humanidad idealmente decidió adoptar, sino únicamente en el momento en que las contradicciones inherentes a tal modo de producción llegaron a su agudización máxima cuando la clase social originada por el mismo, la burguesía, rebasó las antiguas relaciones económicas mediante su principal capacidad revolucionaria: la globalización mercantil.

Así, el modo de producción global capitalista, engendrado embrionariamente en el Renacimiento y que ha alcanzado ya su máximo grado de desarrollo, llamado imperialista, tiene cinco rasgos fundamentales descritos por Lenin, a saber: “1) La concentración de la producción y del capital ha llegado hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica.  2) La fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este “capital financiero”, de la oligarquía financiera. 3) La exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular. 4) La formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) La terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.” (4) Un vistazo somero a las actuales condiciones globales de inequidad, donde ocho individuos (5) y diez multinacionales (6) concentran la misma cantidad de riqueza que 3.6 billones de personas (la mitad de la población mundial) en situación de pobreza, permite comprobar los anteriores planteamientos.

Cuando Moreira demandó a Sergio Aguayo por llamarlo corrupto

El caso de México en particular debe también analizarse a la luz de estos hechos, como parte de un fenómeno global y no como un caso aislado. El estado mexicano simplemente ocupa un cierto escalón en la pirámide del sistema económico global, y su funcionamiento está determinado por las necesidades de acumulación del mismo. Este funcionamiento, desde luego, está más allá de la voluntad de los individuos que nominalmente dirigen el estado. Por tanto, pensar que las fallas de un sistema social dado se deben a la corrupción moral de sus dirigentes y no al revés, como es en realidad, que la condición moral de los dirigentes está determinada por la “corrupción” inherente al sistema social, es idealismo de lo más burdo.  El estado es la maquinaria de dominación de una clase sobre otra para la protección de sus intereses, y pretender que las condiciones económicas que la originan pueden cambiar desde el mismo estado burgués que las sostiene es quijotesco (7). Así, cualquier “opción” política que la burguesía ofrezca para administrar este orden de las cosas, será una opción ilusoria, sin importar qué tan progresista la máscara con la que se presente. Podemos enfrascarnos inútilmente en discusiones sobre quién es más corrupto que cuál entre los políticos burgueses, el resultado será necesariamente la impotencia.

El argumento de la corrupción le es fundamental a la clase dominante porque le permite perpetuarse sin cambiar más que de imagen. Lenin: “Los sabios y los publicistas burgueses  ordinariamente defienden el imperialismo en una forma un poco encubierta, , velando la dominación completa del imperialismo y sus raíces profundas, esforzándose por colocar en primer plano las particularidades y los detalles secundarios, esforzándose en distraer la atención de lo esencial por medio de proyectos de ‘reformas’ faltos de toda seriedad (…) Es menos frecuente que dan abiertamente la cara los imperialistas cínicos, descarados, que tienen el valor de considerar como absurda la idea de reformar las características fundamentales del imperialismo.” La maquinaria de la historia es una montaña rusa fuera del control de quienes la montan: su trayectoria sólo puede cambiar si se modifican los rieles.  

Lo mismo ocurre a gran escala, en las contradicciones entre naciones explotadas y explotadoras. Existe, por ejemplo, la calumnia racista ampliamente difundida bajo la cual los problemas de la nación se explican por la corrupción endémica de los mexicanos, en contraposición, por ejemplo, a los estados escandinavos, cuyo bienestar explicarían, sin más, por mera superioridad racial (“cultural”, justificarán algunos), ignorando que el sistema capitalista es global y que todos sus fenómenos son interdependientes, y que la prosperidad de los estados imperialistas escandinavos y nórdicos en general, de poblaciones minúsculas, se construye exclusivamente sobre la brutalización de la mayoría de las naciones periféricas explotadas de la tierra, bajo el eufemismo burlón de tercer mundo (algunos políticos de la supuesta izquierda burguesa, como Bernie Sanders y AMLO, han ido tan lejos incluso para describir la situación de los países escandinavos como “socialismo democrático” (sic)).

Así, si leemos correctamente casos como Odebrecht y Paradise Papers, lejos de evidenciar supuestos actos anómalos de corrupción de la oligarquía internacional, veremos que simplemente muestran de forma abierta los mecanismos semi-ocultos de concentración y acumulación bajo los que el capitalismo ha funcionado siempre y que se han tratado de ocultar detrás de toda suerte de artilugios e ilusiones e ideológicas, morales y legaloides, siendo la primera de ellas el principio de casi todas las constituciones burguesas del mundo: la supuesta igualdad universal ante la ley de todos sus dominados, ignorando una contradicción elemental: no puede existir igualdad entre explotadores y explotados. Pensar, por tanto, que las condiciones materiales de la población pueden cambiarse desde el mismo estado burgués cuya función es sostener esa condiciones mismas es por decir lo menos ingenuo.  Podemos poner al frente del estado burgués un personaje tras otro, uno más puro y casto que el anterior, y este no cambiará en lo más mínimo. Solamente modificando radicalmente nuestras relaciones económicas, es decir, desmantelando el capitalismo, se resolverán las contradicciones que surgen del mismo, y entonces, sobre una nueva infraestructura, podrán construirse nuevas valoraciones morales, una nueva consciencia general. Jamás al revés. Perseguir la corrupción es perseguir un fantasma.

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1 “Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación en vez de la tendencia a la libertad, la explotación de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles por un puñado de naciones riquísimas o muy fuertes: todo esto ha originado los rasgos distintivos del imperialismo que obligan a caracterizarlo como capitalismo parasitario o en estado de descomposición.” Lenin, El Imperialismo, fase superior del Capitalismo, 1916.

2.- Las religiones y el estado como sistemas de organización y control de una clase sobre otra surgen en la antigüedad únicamente después de que un grupo (la nueva clase dominante) se ha hecho, mediante la coerción, de la propiedad de un excedente de producción, que no existía (ni podía existir) en organizaciones sociales primitivas.

3.- En ese sentido, un revolucionario es alguien que encausa fuerzas que le preceden.

4.- En “El imperialismo, fase superior del Capitalismo”.

5.- Oxfam International: “Just eight men own same wealth as half of the world”.

6.- Walmart, State Grid, Sinopec Group, China National Petroleum, Toyota Motor, Volkswagen, Royal Dutch Sale, Berkshire Hathaway, Apple, Exxon Mobile.

7.- Ya Don Quijote, por otra parte, hubo de expiar el error de imaginar que la caballería andante era igualmente compatible con todas las formas económicas de la sociedad” Karl Marx, El Capital

Imagen de portada: “El Horripilante Congreso de la Unión”. Un cartón de El Mayo Sapiens.