Un artículo de Pie de Página. Texto: Maya Averbuch. Foto y video:  Andalusia Knoll Soloff

A casi dos meses del sismo que derrumbó sus casas, habitantes de Jojutla, en Morelos, esperan que el gobernador Graco Ramírez, cumpla la palabra y el derecho de las personas a la vivienda. Mientras eso sucede, las familias sobreviven entre las consecuencias de un terremoto y la negligencia gubernamental

El Día de Muertos, la familia de María Luisa Ávila dejó pétalos de cempasúchil en una ofrenda colectiva. En la colonia Emiliano Zapata, los habitantes adornaron la calle principal con un tapete de aserrín para los fallecidos del sismo del 19 de septiembre. Una gran fotografía de Victorina, la hermana María Luisa, estaba en el medio, como si mirara a su familia damnificada en uno de los barrios más afectados.

Seis semanas después del sismo la familia no había recibido ninguna noticia sobre la promesa de reconstrucción de sus casas hecha por el gobierno de Morelos.

A principios de noviembre, el gobernador Graco Ramírez declaró que daría apoyo económico y material a todas las familias cuyas viviendas no fueran reconstruidas por el Fondo de Desastres Naturales. Dijo que se habían asignado 300 millones de pesos para esa iniciativa que fue nombrada “Unidos por Morelos”, pero los habitantes de la colonia Emiliano Zapata todavía no han visto la llegada de ayuda, que ya ha sido repartida en otras partes del Estado.

“Han dado esperanza de darnos un apoyo económico para construir un techito. Pero estamos en promesas”, dijo Ávila.

Pasan calor por el día y se cubren con cobijas por la noche mientras esperan poder construir su nuevo hogar en su mismo terreno. Las familias preparan sus comidas afuera de las carpas sin perder de vista lo poco que les queda entre sus pertenencias. En otras partes de Jojutla, obreros con chalecos brillantes pagados por las familias damnificadas siguen sacando los escombros manualmente sin equipo de protección ni herramientas adecuadas.

Aleida Romero Sánchez volvió al barrio para hacer un altar para su madre, Consuelo Sánchez, y del otro lado para su hija de dos años, Amor Guadalupe. Ofreció todas las cosas de las que Amor gustaba antes de que la casa se derrumbara sobre ella: papitas, juguitos, una pelota de plástico. Romero actualmente vive con familiares pues no quiere despertar sola por las mañanas, pero regresa al lugar donde murieron su madre e hija con una fe inamovible.

Los habitantes de la Emiliano Zapata viven con el sentir de que la buena suerte estuvo con ellos, pero no con sus familiares fallecidos. María Luisa Ávila logró rescatar a su hijo y a su nieto, pero tuvo lamentablemente que poner un altar para su hermana. Ávila quiere regresar a la vida diaria, ahora que se está recuperando de su pie fracturado, pero todavía no tiene con qué comprar el material para poner de nuevo su puesto de gorditas.

Andrea Ávila Rodríguez, la hermana de María Luisa, dijo que atiende a reuniones del barrio organizadas con un representante del presidente municipal, pero siguen en la espera de respuestas. Hasta la fecha dice que sólo han visto entregas de ayuda en noticias en la televisión oaxaquense.

La situación de estas familias representa lo que ha pasado con miles de familias en México, quienes en medio de un serio trauma por haber perdido a sus familiares tienen que pensar y resolver cómo seguir adelante.