Por Ariel Atl

A Selene

Seguramente ese dios se convirtió en hombre y se preguntará: ¿Qué puedo hacer por ti?

Probablemente encuentre entre sus visiones a una diosa. Esa diosa lo atrapa, lo arropa, le da confort, lo toma entre sus brazos y lo arrulla. Después el hombre, inseguro de sí y atormentado por miles de vientos dentro de su cabeza que no lo dejan tener en claro qué es lo que sucede, camina sin un punto exacto, vuela sobre los vientos y corre para alejarse de sí mismo, pero no lo consigue.

De nuevo, la diosa le da asilo, lo besa y consigue que encuentre paz, seguridad, y que recobre confianza. Pero seguramente el hombre se adentra en sus sueños y ve tortugas gigantes que vuelan sobre su cabeza; se ve sentado sobre un gran pedazo de tierra, y poco a poco el agua lo cubre en su totalidad sin que él pueda hacer algún movimiento; se enfrenta a sombras acorazadas y recupera una nave que era su única salida para consiguientemente despegar entre arboles gigantes dentro de un planeta mucho más grande que el que conocemos: esa nave lo salva de ser envuelto y secuestrado por esas sombras acorazadas…

De pronto despertará y verá que no es la realidad en la que se encontraba, y el tiempo real no lo perdona y lo castiga severamente.

Castigado y confuso, sigue caminando y se enfrenta también contra la realidad: la de abajo, aquella que es sometida por las más grandes ambiciones, dominada cruelmente por la impunidad incriminada sobre la tierra, contra aquella que utiliza, controla, crea la pobreza para mantenerse y hacerse más poderosa. Contra esa realidad que escupe miseria, que reparte balas corruptas, y orina sobre la sangre inocente. Que vomita y se burla de los y las más desprotegidas. Se enfrenta y combate, recibe muchas heridas, pero descifra a ese monstruo, lo analiza y no muy pronto utilizará un poder colectivo para que muera al fin.

En el transcurso de esa batalla permanente, enfrentado a sí mismo, sigue caminado sobre calles grises, oscuridades, basura, borracheras, peleas; a veces lo acompañan canes que se sienten identificados con él, y así, juntos, se van cuidando mutuamente en rumbos inseguros hasta que desaparecen en esas noches que tienen claroscuros y en las que hubo luna, hubo lluvia, hubo frío, hubo viento, hubo lodo, hubo pérdidas, hubo caídas, hubo golpes, robos, enfermedades, equivocaciones. No obstante ese hombre no se dio por vencido. Siguió su rumbo, y aunque nublado, lo continuó guiado por una preciosa voz.

De repente, ese hombre se levantó entre una sinfonía y una voz que lo llama, que lo anima; se da cuenta demasiado tarde de quien era esa voz. No estaba consciente de que él la lastimaba, de que había abandonado y descuidado a esa preciosa diosa de ojos brillantes, la cual era el verdadero origen de esa palabra que susurraba su nombre. Aunque la procurara, aunque hubiese tenido a esa diosa dentro de él, y si bien muy poco la viera, siempre la tuvo presente. En ese largo camino, él pensó que mientras estuviera más lejos de ella (si bien coincidiera con ella e hicieran el amor) menos la lastimaría. Más equivocado no podía haber estado: la herida Diosa, al no ser adorada como quisiera por ese hombre errante, derramaba la melodía que tocaba para él en diversos confines y comenzó a desvanecerse a los encuentros que aquel hombre creaba; a la búsqueda que él emprendía, ella simplemente la borraba y cambiaba de lugar, con un inmenso recuerdo.

Él no comprendía, la quería y deseaba ser Dios como ella, regresaba ahora para estar a su lado, para demostrar que ya no era ese hombre que en ese camino tuviera como el más grande error no escucharla, no sentirla como ella quiso. Así que recobro su sentido. Hizo sentir de nuevo su cariño, sus sueños más mágicos, sus caricias más puras, pero no. Ella lo rechazaba y con toda razón: ¿cómo confiar en él, qué se va y regresa como si nada hubiera sucedido? La Diosa lo quería, lo adoraba como él a ella y pensaba en lo más importante: se tenían aún el uno a la otra, la una al otro; así que le dio una lección lanzándole inexorablemente lo que ella sintió en ese proceso en el que él dejo de ser Dios y se convirtió en hombre para una búsqueda inexplicable.

¿Qué puedo hacer por ti? –la cuestionó frente a frente- justo cuando ella tenía el poder de que él hombre (aquel que conoció el más bajo mundo de los seres humanos y humanas) volviera a su antigua condición para posarse a su lado y mostrarle lo maravilloso que sería la primera caricia, el primer tacto sobre su piel desnuda y el eterno espasmo sobre todo su cuerpo, completamente entregado y renovado en una energía que sólo los dioses, las diosas, ellos mismos podrían invocar y llevar al límite.

Pero no, eso ya no era así. Ya no podía hacer nada por ella en esos momentos de interrogantes. La Diosa tomó unas cuantas plumas de diversas aves, se construyó unas alas, voló lejos y comprobó que amarse a sí misma era la solución. En ese viaje, logró hacer diversas líneas sobre el firmamento galáctico, así como la creación de nuevas estrellas. Danzó junto a la madre tierra y cantó tan alto que su voz fue cuna curativa de la tristeza de la luna por no tener luz propia; fue confort para su lado oscuro. Sus lastimadas manos tomaron las llamaradas solares para cuando el frío comenzaba, para convertirlo en un abrigo abrazador que nunca dejaba de emitir flamas y el espectáculo permanente del fuego. Decidió también, visitar al gigante huracán de Saturno, esto porque últimamente había estado solo. Nadie quería visitarlo por temor a que el descomunal viento les hiciera daño, así que la Diosa permaneció unos cuantos días tierra estudiándolo e interesándose por él. Alimentándolo de pequeñas cantidades de vapor de agua del hidrógeno de la atmósfera del planeta Saturno y siempre con el visto bueno de éste (y algo de ese huracán, sin duda, le recordó a ese hombre que dejó de ser errante y se preguntó a sí misma: “¿cómo voy a dejar morir ese amor tan puro si él quiere ser dios de nuevo para estar conmigo y llenarme los pies de arena y el cuerpo de agua marítima?”).

Seguramente esa diosa buscará a ese hombre y le preguntará: ¿Qué puedo hacer por ti?

Mal en el Cuerpo Enterrado

Foto: Dominic Nahr, Magnum Photos, Futaba, Japón, 2014.