Por Enrique Cedillo

Solamente el socialismo puede garantizar plenamente las condiciones materiales para la preparación artística de toda la humanidad en vías de desarrollar al “hombre universal” marxista que, acorde a la teoría, construirá el Comunismo.  Es por tanto fundamental que artistas, intelectuales y trabajadores de la cultura unamos esfuerzos para poner la obra al servicio de la Revolución Socialista.

El arte antes de cualquier otra definición es, como parte de la condición humana, una de las maneras en que podemos interactuar emocional, intelectual y estéticamente con el mundo material que nos rodea. El instinto del arte es constitutivo del hombre, y es social en tanto que comunica, formando así también parte de sus dimensiones política e ideológica.  Esta característica superestructural del quehacer artístico denota que las diversas concepciones del arte están inevitablemente ligadas y varían acorde a las dinámicas económicas de producción y distribución de cualquier sociedad dada en cualquier momento determinado.

El quehacer artístico de hoy sucede mayoritariamente dentro del marco de la ideología capitalista. La concepción del arte como privilegio de unos cuantos, tanto en la posibilidad de ejecutarlo como objeto de consumo y disfrute, sometido irremediablemente a los decires del mercado, es una construcción ideológica burguesa, sostenida por las dos partes en pugna en el discurso oficial actual: por un lado los que sostienen el arte como mero valor de cambio sobre el cual han construido un gigantesco mercado especulativo mundial, respaldado por las academias contemporáneas y por la política del estado[1], y por el otro lado quienes buscan retornar a otra visión academicista de siglos atrás, que reivindican figuras como “el genio”, que buscan un arte aristocrático sólo para “los más talentosos” y niegan las nuevas formas de expresión contemporáneas[2].

Ambas posturas son reaccionarias, elitistas y excluyentes porque niegan el arte como parte integral del desarrollo humano al que tienen derecho todas las personas, independientemente de cualquier condición, sea económica, social, intelectual, etc. Ambas posturas abogan por un arte de fines museísticos, galerísticos o comerciales y condenan a parte de la población al papel de espectador (aquellos que pueden pagarlo o acceder a él) y relega a la gran mayoría a la exclusión, desconociendo sus legítimas manifestaciones artísticas y marginándolos de los círculos culturales, incluyendo los educativos. La profesionalización misma del oficio artístico es consecuencia del desarrollo histórico de la división del trabajo, y las revoluciones burguesas meramente han remplazado al pintor de la corte por los artistas conceptuales que cotizan en la bolsa de valores.

En La Ideología Alemana, Marx y Engels escribieron: “La concentración exclusiva del talento artístico en individuos únicos y la consiguiente supresión de estas dotes en la gran masa es una consecuencia de la división del trabajo. Si, incluso en ciertas condiciones sociales, cada cual pudiera llegar a ser un pintor magnífico, esto no excluiría, ni mucho menos, el que cada cual fuese un pintor original […] En una organización comunista de la sociedad desaparece la inclusión del artista en la limitación local y nacional, que responde pura y únicamente a la división del trabajo, y la inclusión del individuo en este determinado arte, de tal modo que sólo haya exclusivamente pintores, escultores, etc., y ya el nombre mismo expresa con bastante elocuencia la limitación de su desarrollo profesional y su supeditación a la división del trabajo. En una sociedad comunista, no habrá pintores, sino, a lo sumo, hombres que, entre otras cosas, se ocupan también de pintar.”[3]

De lo cual se concluye también que es la ideología burguesa la que considera la obra final, terminada y sobresaliente (imbuyendo conceptos metafísicos como la trascendencia) como la única finalidad del arte, ignorando el resto de sus facetas, como método primordial de entendimiento humano (de comunicación, de introspección, de reflexión y terapéutico) y fenómeno del cual todos tenemos derecho a participar no sólo en su goce sino en su elaboración como parte del conjunto de la producción cultural humana. Las condiciones materiales del sistema capitalista hacen imposible que esto suceda. La educación artística se ofrece como enorme privilegio a unos minúsculos cuantos, y los museos, centros galerísticos y ateneos de estudio suelen concentrarse en las áreas urbanas de las grandes y pequeñas burguesías, al margen del mundo proletario, y se rigen bajo las dinámicas de competición caníbal del mercado neoliberal.

Por tanto el artista revolucionario no debe centrarse en debates estilísticos sobre tal o cual tendencia artística del capitalismo y debe revisar el asunto desde sus cimientos. En ese sentido, y respecto a las revoluciones estilísticas posteriores al renacimiento y que buscaron retomar sus valores fundamentales, escribe Siqueiros en No hay más lucha que la nuestra: “(…) estos intentos, que fueron “revoluciones de la superficie hacia el espacio”, esto es, dejando intactas las formas sociales y materiales fundamentales de producción, no llegaron, naturalmente, a cumplir su programa, más o menos teórico; se quedaron en expresiones de mayor o menor brillantez individual, o de mayor o menor invención decorativa.”[4]

El artista revolucionario no sólo tiene el deber para con la clase obrera de reflejar las condiciones materiales del mundo capitalista, las soluciones que el marxismo-leninismo propone y oponerse a los intereses de los circuitos burgueses, es también su deber educar al pueblo trabajador sobre la necesidad de su propia preparación, desarrollo y expresión artística hacia la plenitud humana,  alejado de las dinámicas de la competencia y las pretensiones de la academia.

Solamente bajo el socialismo pueden garantizarse plenamente las condiciones materiales para la preparación artística de toda la humanidad en vías de desarrollar al “hombre universal” marxista que, acorde a la teoría, construirá el Comunismo.  Es por tanto fundamental que artistas, intelectuales y trabajadores de la cultura en general unamos esfuerzos para poner la obra al servicio de la Revolución Socialista, única opción para los obreros del mundo, en todas las dimensiones que esto implica, para liberar el arte del yugo capital y entregar a las masas su poder emancipador.

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[1] https://www.forbes.com.mx/forbes-life/el-negocio-del-arte/
[2] El arte contemporáneo es una farsa: Avelina Lésper 
[3] Marx, K.; Engels; F. (1845-47) La Ideología Alemana
[4] Siqueiros, D. A. (1945) No hay más ruta que la nuestra. Talleres Gráficos de la Secretaría de Educación Pública.

Artículo publicado originalemente en El Machete.

Foto de portada: Fahrenheit Magazine