Un poema de Luis Roncayolo

 

¡Un reino, un reino!

¡Mi caballo por un reino!

Pero no cualquier reino,

sino aquel cuyas riendas

van de manos del Eterno.

 

No me den corona de oro,

pues mi caballo ya es cónsul

de esos laureles terrenos.

Así el Eterno me demuestra

que reparte lo mundano por igual

entre injustos y entre buenos.

 

Y es que sólo da su gracia

a los que suben a su templo

como el triste publicano,

y no al moralista fariseo.

Mientras que uno vive de pan

como lo hacen los caballos,

el otro es de palabras

que alimenta a ese jinete

que es lo único en nosotros

que al final de la carrera

entra santo a su gran reino.

 

Empoderamiento

Foto de portada: Enrique Mendoza Ruiz