Por Ángel Octavio Álvarez Solís Imagen de portada: El Mayo Sapiens

La opinión pública mexicana tiene una fascinación inexplicable por los cumshots. La semana pasada, los medios anunciaron casi de manera teológica la elección de Antonio Meade Kuribreña como el candidato del PRI para las elecciones de 2018. Este anunciamiento, que para los opinólogos tenía la forma de una parusía, fue indudablemente una elección  pornográfica: la mirada abyecta de los medios mexicanos dispuestos a recibir con gozo la expulsión lacerante del próximo perpetrador. Nada extraño para una opinión pública acostumbrada a las viandas y las felaciones del régimen. Nada anómalo para una opinión “pública” que opera como si la sociedad mexicana fuese un adolescente sin experiencia sexual: un niño inocente que corre el riesgo de ser engañado y seducido por la malicia de los políticos adultos. El paternalismo mexicano no es exclusivo de las familias, el gobierno o la educación formal: la prensa informa mansplaineando a los mexicanos y los convierte irremediablemente en criaturas atormentadas por el advenimiento del “lobo feroz”. Quizá exagero. Pero en lo que no exagero es en esta compulsión de los medios, tanto impresos como electrónicos, por invocar la política del nombre propio, la necesidad de mostrar que la salvación o la condena del país recaen en el alma de una sola persona. Meade: ni mesías ni anticristo, ni corrupción encarnada ni beatificación tecnocrática. Meade no es nadie y en eso reside su peligro.

La prueba de lo anterior reside en que la discusión pública acerca de la elección de Meade –la lectura de este apellido elabora sintomáticamente el clasismo mexicano- estuvo centrada en las cualidades morales, intelectuales y políticas en la elección del candidato. Pero ningún opinante refinado disolvió el vínculo amoroso entre el alma del candidato y la estructura corporativa de la nación. Ningún medio cuestionó la importancia o la irrelevancia de la caracterología para construir una democracia. ¿A qué se deberá esta obsesión mexicana por el carisma de los candidatos? ¿Será que la sociedad mexicana confunde el amor romántico con el pago por placer? No tengo respuesta para ello. Sin embargo, lo interesante fue el retorno de la caracterología como una ciencia de los dispositivos políticos. Como si fuese relevante para refundar la democracia, la prensa documentó el origen irlandés del candidato, los doctorados en las escuelas de gobierno en Estados Unidos o la imagen virilizada de un pater familias. Nuevamente una preocupación banal, pues en las narrativas pornográficas no importa la biografía de los actores ni su capacidad para actuar, sino la duración y el tamaño de sus miembros.

Finalmente, la prensa no tiene por qué cuidar la historia de sus fracasos amorosos ni revelar su gusto por el arte de las cortesanas. La caracterología, la ciencia que intenta mostrar que detrás de las cualidades de una persona se esconden la transmisión de valores universales, es una de esas enfermedades venéreas que contrajo la crítica cultural de Octavio Paz o Carlos Monsivais, y cualquier opinólogo en este país aspira a ser el virrey de la república aristocrática de las letras. Es más, como ninguna intervención pública destacó esa facilidad que tienen los mexicanos por los “grandes nombres”, esa compulsión por encontrar la figura de un líder carismático que cumpla o indigne sus expectativas de futuro, me atrevo a conjeturar lo siguiente: el presidencialismo mexicano, en su modo más falocéntrico, produce en la prensa un amor histérico: lo ama detestando y lo detesta amándolo.

Una “imperiosa necesidad”