Por Fernando Alonso Foto: Enrique Mendoza Ruiz

La escenografía es monumental. En el auditorio amigos, colaboradores y afiliados. El anuncio de una candidatura, y con ella la promesa del futuro. “Hay quienes superaron la indigencia”, “la gente es menos pobre”, “ha crecido la infraestructura en comunicaciones del país”, y vienen todos los datos comparativos con otros países, con otros años, con otras perspectivas.Una apariencia controlada, una protesta desesperada al frente a una puerta cerrada y la cuenta regresiva de la represión.

El panorama es lineal, siempre en progreso, misteriosamente perfecto. Pese a los grandes avances retóricos notamos los intentos de hacernos sentir. Notamos que se nos dice qué hacer en cualquier medio de comunicación, en cualquier nueva tendencia.

A las grandes reformas de comunicación se oponen las caóticas relaciones sociales, a las grandiosas obras urbanas se les contraponen las exorbitantes cifras de corrupción, a la construcción de carreteras se abren agujeros en el suelo que  dejan ver lo superficial, el derroche de la obra.

En este momento todo el sistema se está tambaleando, amenaza con venirse abajo. Los jóvenes por ironía somos lo más marginados y los más dispuestos al cambio, estamos librados de grandes apegos porque nunca aceptamos ese convencionalismo barato.

Podemos conceder sus cifras. Es más, los datos económicos pueden ser ciertos pero, ¿Cómo cambiamos el sentimiento de fragilidad, de vulneración? ¿Cuánto puede una cifra contra la sensación de vulnerabilidad, de inseguridad? Asaltos, secuestros, matanzas. El desfalco cotidiano siempre está ahí.

Expresamos un profundo desencanto, un desapego, borramos esa línea de lo bueno, sabemos a dónde conduce, estamos dominados por el placer, no sabemos hacer otra cosa. Es verdad. Hemos perdido gradualmente la capacidad de  pensar en el futuro. Ese es resultado de la violencia sistémica. La encontramos en cualquier esfera, la verbal, la física ola sexual; de hecho que el placer no es placer sin una pequeña dosis de violencia.

Este que tenemos a bien llamar presente no es más que un caldo de cultivo, la historia que nos precede nos cocina. Estamos delimitados por una historia, y no nada más nosotros. El espacio mismo, cerros, montañas y personas han sido divididos como mapas, con líneas imaginarias.

Las fronteras cada vez son más incisivas, cada vez inventan mayores significantes sobre los cuerpos. Nos fronteriza, nos politiza. Somos territorio de explotación, recursos en bruto. Somos símbolo, número y poderes oscuros que pesan sobre nosotros.

Como el clima y sus pronósticos, en este momento avizoramos una tormenta, un fenómeno cautivo, se sienten sus vientos, son helados, se ven sus nubes de tormenta.

¿Estaremos en el ojo del huracán? ¿Cómo poder combatir con palabras los mares de aguas negras? El objetivo en mente es mantener ahora y después de esto, un saldo blanco.

Empoderamiento