Texto: Dorte Jansen Fotos: Susana H. Frías

Titus de la compañía Ópera portátil, estrenada el 6 de diciembre de 2017 en el Centro Cultural Helénico, representa un trabajo interesante para reflexionar sobre la ópera contemporánea. Dicho género parece a menudo fascinar sólo a un pequeño grupo de adeptos. ¿Qué necesita una ópera para atraer a un público más amplio y joven? ¿Por qué se canta un texto que se entendería mejor hablado? ¿Su apreciación o desencanto es una mera cuestión de gusto (musical)?

El día del estreno, las ilusiones y las expectativas por parte del público eran grandes, pues se había juntado un equipo creativo de primera: la adaptación a partir de Titus Andrónicus de William Shakespeare corrió a cargo de Catalina Pereda, Didanwee Kent y Carla Romero. Esta última fue además la responsable de la dirección escénica. Guillermo Eisner hizo la composición musical. La orquesta fue dirigida por Rodrigo Cadet. “Y aunque todos los ingredientes sean prometedores, la puesta en escena es como un suflé que se levanta (por partes) o no se levanta”, retomando la analogía del crítico argentino Jorge Dubatti. Algo de esto sucedió con Titus, que a pesar del notable trabajo invertido, de la producción exquisita, no llegó a encantar del todo.

La primera dificultad a la que se enfrentó el grupo de dramaturgas fue adaptar una de las obras shakesperianas menos conocidas y quizás más complejas por su trama. Pocos ubicamos la historia de Titus Andrónicus dentro del contexto de los últimos años del Imperio Romano. Por eso con más necesidad habría que introducir y presentar bien a los personajes. ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son? En la versión operística, el espectador no recibe la información necesaria y por consecuencia se confunde: ¿el joven con torso desnudo es el amante o el hijo de Tamora? ¿Es Titus un hombre o una mujer? Quizás el cuadro más esclarecedor, capaz de iluminar las acciones previas de esta tragedia de venganza es el último. Titus, legado del ejército romano, sirve a Tamora, reina de los godos, una cena especial: sus hijos cocinados. Titus es sobre todo famoso por ser uno de los dramas más violentos y sangrientos donde una crueldad humana supera a la siguiente.

La ópera dirigida por Carla Romero inicia con cantos de Tamora (Catalina Pereda, soprano) y Lavinia (Albina Goryachikh, soprano), hija de Titus. Gracias al subtítulo proyectado por encima del escenario, las letras se vuelven inteligibles. (Al parecer en las primeras filas no se alcanzaban leer.) La orquesta de ocho músicos ocupa el lado izquierdo del escenario. La escenografía es atemporal-abstracta, oscila entre lo clásico y lo moderno, telas largas y alfombras decoran el fondo y el piso. El vestuario tiene un toque greco-romano. Titus es interpretado por una mujer, Teresa Navarro, soprano, lo cual, una vez entendida la convención, no causa problemas. Desconozco si fue una decisión de composición o de género para reforzar la presencia femenina. El intérprete más destacable –desde mi punto de vista– es Ulises de la Cruz (Lucio, tenor) ya que muestra versatilidad y elocuencia en el papel del especialista con un discurso metateatral. Quizás él hubiera sido un buen personaje-narrador para aclararnos y sintetizar la trama.

Es probablemente el gran número de rupturas que caracteriza el principio creador del montaje: como la breve escena con música tecno, la mosca imaginaria que vuela por encima de las cabezas de los cantantes-actores, la aparición e intervención de una niña (Ilean Santa María Kent), los pasajes hablados (con o sin micrófono) o un director de orquesta que sorprende con un canto (Rodrigo Cadet). Lo más disfrutable de la dirección de Carla Romero son —en mi opinión— los movimientos corporales y dancísticos, el desafiar a los integrantes de no sólo cantar sino también de bailar y actuar. Es en este sentido que reconozco la multi-disciplinaridad que propone el programa de mano.

El montaje está lleno de imágenes potentes que, sin embargo, no se desarrollan con toda su fuerza, ya que quedan desarticuladas entre otras por la indefinición del tiempo y del espacio. ¿Las rupturas rompen con qué exactamente? ¿Cómo se definen los elementos contemporáneos si el canto operístico se realiza de manera tradicional? ¿Qué significa hacer una re-actualización operística de un clásico shakespeariano? En Titus se trata de un doble clásico: isabelino y romano. ¿Desde dónde revitalizarlo y resignificarlo?

La puesta en escena se quedó en partes como un ensayo inconcluso (en donde se permite probar y equivocarse), pero no como la versión final. Por ejemplo, al personaje Lavinia, tras ser violada, le cortan la lengua y las manos. En seguida, le bañan los antebrazos en barro gris, sus manos quedan goteando. ¿Ha sido una decisión por motivos estéticos —para evitar el rojo de la sangre— o se alude a otro sentido? El espectador se queda con preguntas. Un momento particularmente logrado en esta adaptación de Titus es el reclamo por justicia. Y una vez más aparecen otras preguntas: ¿Cuál es la propuesta concreta en Titus para enfrentar un México violento? ¿Somos demasiado cobardes o sólo cómodos?

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En cuanto a la composición (Guillermo Eisner), debo reconocer que no soy especialista. Disfruté sobre todo los pasajes en los que cantaba el coro masculino. A otro espectador le escuché decir que la composición le parecía plana. Efectivamente hubo pocos momentos en los que como audiencia llegamos a sentir las notas con las entrañas. ¿Por qué Titus no conmueve más? Tal vez porque el público estaba demasiado ocupado en querer entender lo que ocurría.

Crear y levantar una ópera es sumamente complejo, requiere de cierto presupuesto por el número de involucrados: cantantes, orquesta, escenografía, vestuario, etc. El libreto figura sólo el paso inicial de un largo recorrido, en este caso año y medio. Ópera portátil es una compañía joven que reúne a muchos integrantes talentosos. La calidad de su trabajo y la toma de riesgo son verdaderamente laudables. No obstante, lo que hace falta ahora es una labor de autorreflexión y autocrítica. Lo ideal sería dedicar una sesión del “Aula del espectador” (UNAM) a Titus, ya que una gran parte del público del miércoles eran estudiantes de la facultad de Arte dramático. La ópera ofrece una enorme cantidad de signos ricos que se prestarían para hacer un análisis más a fondo. Espero que esta reflexión sirva para iniciar un diálogo abierto y sincero.

Fronteras de lo incalculable