Nuevo año, nueva mente,

el cerebro cambia y muta como la gente.

Caminos que recorrían el imperio de los césares,

pueblos que a caballo asaltaron fronteras,

rompiendo acueductos, tumbando murallas,

violando las leyes.

 

Los caminos de mi mente embestidos

por los bárbaros de mi hipotálamo emergentes,

cabalgando impetuosos pecados,

reventando una certeza y un orden,

y dejando mi patria a su suerte.

 

Los años cambian, los paradigmas renuevan:

Monarquías caídas, descabezadas en la guillotina,

baleadas por el destello de una vana fotografía.

Mi cerebro cambia, los mercaderes neurotransmisores

ya no acuden a las viejas ciudades derruidas.

Pero hay una a la que todos peregrinan,

no importan los cambios, no importa la ruina.

 

Ese máximo ideal que convirtió a Constantino,

que inspiró a Carlomagno, y luego a los reyes de Europa,

con millones que en la América caminan al Tepeyac,

ese ideal cubierto por una cúpula de oro mora,

no deja de palpitar en el centro neurálgico de mi mente,

de mi alma, de mi añoranza por un amor terreno que trasciende,

y que ahora guía el arcángel anunciador hacia lo alto.

 

Por más que cambien los años,

por más que cambie mi mente,

y así me cambie el cerebro,

mi amor, aunque impetuoso,

es eterno.

Un Quetzal en el Pino

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Foto de portada: El Universo Hoy