Por José Antonio Ibáñez Rubio

Es curioso cómo a lo largo de la infancia, uno escucha a los padres decir frases como “las nuevas generaciones son tan diferentes” o “en mi época no éramos así”, pero más curioso aún es escuchar a estudiantes universitarios decirlo mismo de otros estudiantes de preparatoria tan sólo 3 años menores. Esto nos lleva a dos hipótesis: o efectivamente la realidad social está en constante cambio, o al menos la percepción que tenemos de la realidad social es cambiante, lo cual no es una tesis disparatada considerando que cuando uno tiene 5 años y ve a un joven de 20 y a un señor de 40 les dice a ambos “señor” con la misma deferencia que implica dirigirse hacia un adulto (si es que las “nuevas generaciones” aún hacen esto, por supuesto). Consideramos que ambas hipótesis tienen algo de cierto y,  siendo la realidad (o al menos lo que conocemos de ella través de percepciones y abstracciones) un constructo social en constante movimiento, resulta lógico que con la inserción de nuevas dinámicas de convivencia, marcadas en gran parte por el desarrollo tecnológico, efectivamente cambie la manera de ser y por ende de relacionarse de las personas.

Por mencionar algunos fenómenos interesantes en las dinámicas de convivencia social y formas de relación tomemos en cuenta las siguientes cifras sobre matrimonio, divorcio y unión libre:

De cada centenar de matrimonios que se realizan en México, 18.7 por ciento terminan en divorcio, más del triple respecto a los 4.9 por ciento de separaciones que se registraban en 1993. Además, en promedio, la duración de tal vínculo social es de apenas 13.5 años, informó el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en el 2016. Entre los años 2000 y 2013 el monto de divorcios aumentó 10.7 por ciento, mientras que el de matrimonios se redujo 17.7 por ciento”, precisó. El organismo aclaró que si bien los divorcios se han incrementado en el país desde hace 20 años y se han reducido los matrimonios, tiende a aumentar el número de parejas que viven en unión libre, pasando de 8.3 a 16.4 por ciento (INEGI, 2016).

Ante estas cifras, uno no puede evitar pensar en el concepto de “amor líquido” del filósofo austriaco Bauman que hace mención a la fragilidad del vínculo interpersonal cuando es visto en términos de consumismo, en el que una relación cumple únicamente con la función de satisfacer una necesidad temporal, pero con “obsolescencia programada”. Si sale más caro comprar el último modelo de celular que el acta de matrimonio, y estamos acostumbrados a evaluar todo en términos económicos, ¿por qué una relación habría de durar toda la vida?

La Obsolescencia programada es la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño de dicho producto, este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible (Medium, 2017).

Los seres humanos nos hemos convertido en seres cuyas relaciones son solamente relaciones de consumismo. Valdría la pena preguntarse por qué hay tanto flujo de imágenes, estados, frases, etc. sobre eventos sociales en las plataformas virtuales, desde mostrar que la noche anterior se realizó un experimento para ver qué tanta ingesta de alcohol podía soportar un individuo, desahogar las penas causadas por el tráfico o comunicar que ya se tiene una nueva relación. Puede ser que haya necesidad de ser “validado” por medio de un “me gusta” o que haya una tendencia a la exhibición de la vida privada. De cualquier manera las redes sociales juegan un rol importante en cómo concebimos las relaciones sociales. Con la “ayuda” de un celular o una plataforma virtual ya no es necesario dejar cartas o vencer el miedo de hablar a la persona por la que se siente atracción. No es necesario ir al parque a buscar una historia de amor, porque desde la comodidad de tu hogar puedes ver una, o en cuestión de segundos, sin tener que experimentar el rechazo o la dilatación del tiempo en conocer a alguien puedes hacer “match” con alguien en Tinder.

Pueden ser las nuevas formas de convivencia virtual, la influencia del consumismo, la poca tolerancia a la frustración, el egoísmo, la cultura del descarte, el miedo al compromiso (o quizá más bien al fracaso) o simplemente la revoltura de esos y más factores que generan estas variaciones en la demografía actual. De lo que no cabe duda, es que seguimos deseando encontrar “el amor de la vida y la media naranja” de una manera utópica en las películas de casa, pero al salir a la calle, la realidad te golpea la cara. Ante tantos estímulos contradictorios, no es un disparate decir que los seres humanos “posmos” decimos estar ciertos de lo que queremos y somos, cuando estamos confundidos, y por eso decimos que las nuevas generaciones son tan diferentes, no tanto por ellos, sino por miedo a verse uno mismo en el espejo y no entenderse.

Foto de portada: Indie Wire

Traducir el mundo, una labor inevitable