Por Enrique Mendoza Ruiz

A casi sesenta años de su muerte, Albert Camus es recordado principalmente por sus dos obras más conocidas: El Mito de Sísifo y El Extranjero. Nacido en 1913, este escritor y ensayista argelino también es célebre por su meteórica trayectoria; y recientemente por el hecho de que la editorial Gallimard anunció la publicación de la correspondencia que el escritor sostuvo con María Casares, actriz española con quien Camus tuvo un apasionado romance.

Sin embargo, algo que también vale la pena recordar de este escritor son algunas de las ideas que desarrolló en su libro El Hombre Rebelde (1951). Este libro es la segunda obra de filosofía que publicó después de El Mito de Sísifo, como también una de sus obras más polémicas. En este libro, Camus trata de averiguar si la rebeldía puede autorizar el crimen o si, por el contrario, este movimiento de insurrección revela un valor que exige ser respetado en cada ser humano. La polémica que suscitó este libro se debió a que en él Camus manifestó abiertamente su aversión hacia el totalitarismo de Iósef Stalin, como también rechazó el terrorismo como método de lucha política.

Estas ideas, aunque hoy sean bien vistas, contrariaron a los intelectuales de su tiempo que creían que la liberación de las clases obreras sólo podía suceder bajo la dirección de la Unión Soviética de Stalin. Eran tiempos de la Guerra Fría, una época en la que una parte de la intelectualidad francesa entendía la revolución del proletariado que representaba la Unión Soviética como una especie de “parusía” que iba a realizarse ineluctablemente, por lo que “era tal el atractivo que ejercía esa idea [sobre buena parte de los intelectuales de su tiempo] que estaban dispuestos a pasar en mayor o en menor medida sobre valores y principios de diverso tipo”, de acuerdo con el Doctor Roberto Breña, docente-investigador del Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México.(1)

Esta postura representaba un problema muy importante para las personas que, repudiando el modelo capitalista que aún propone Estados Unidos, veían que el régimen de Íosef Stalin empezaba a revelar fuertes contradicciones con las causas que decía defender (a principios de los cincuentas, por ejemplo, los gulags siberianos ya eran conocidos), ya que toda crítica dirigida contra el carácter totalitario de la Unión Soviética podía ser interpretado como un ataque pro-capitalista debido a que la narrativa que existía en aquel entonces facilitaba tolerar los crímenes de un sistema que prometía liberar a la humanidad entera de la opresión y la desigualdad. De manera que, las personas que no estaban de acuerdo con el estalinismo, pero que tampoco querían estar del lado del liberalismo burgués, tenía que interpretar los hechos de otra manera.

La propuesta de Camus en El Hombre Rebelde consistió en averiguar si el valor en nombre del cual una persona se rebela es capaz de imponer un límite sobre lo que puede y no puede hacer. Para empezar, el rebelde para Camus es una persona que “opone al orden que le oprime una especie de derecho a no ser oprimido más allá de lo que puede admitir”. (2) Es decir, es una persona que niega a su opresor, pero que también afirma con su negación un valor que quiere que sea reconocido y respetado en él mismo. Más que desear algo que no tiene, dice Camus, el rebelde impone límites para exigir que se respete lo que es, aunque no tenga una idea clara de dichos límites.

¿Qué consecuencias tiene este valor para el rebelde? El esclavo que ya no quiere seguir siendo sometido se identifica de tal manera con el valor recién descubierto en él que “esa parte de sí mismo que quería hacer respetar la pone entonces encima de lo demás y la proclama preferible a todo, inclusive a la vida”. (3)  De esta manera, la conciencia del rebelde nace con su insurrección, pero es una conciencia instalada entre la afirmación del valor que la rebeldía ha descubierto y la negación de la fuerza que oprime al rebelde.

“El rebelde quiere serlo todo, identificarse totalmente con ese bien del que ha adquirido conciencia de pronto y que quiere que sea reconocido en su persona; o nada, es decir, encontrarse definitivamente postrado bajo la fuerza que le domina (…) Antes morir de pie que vivir de rodillas”. (4)

Aquí la mesura es importante para Camus porque esta actitud mantiene un tenso equilibrio entre la negación y la afirmación de la rebeldía que le permite al rebelde no desviarse del valor que había descubierto al principio de su insurrección. “Es un conflicto constante, perpetuamente suscitado y dominado por la inteligencia”(5), cuya función es oponerse al libertinaje que niega la dignidad que el rebelde había descubierto en sí mismo y los demás. Para Camus, el rebelde hace valer su dignidad sin pedir la humillación para los demás.

Si bien, la rebelión “es el acto del hombre informado que posee conciencia de sus derechos”, (6) esta conciencia encuentra su medida en la comunidad de los hombres porque “El individuo no es, pues, por sí sólo el valor que él quiere defender. Para componerlo son necesarios por lo menos todos los hombres”. (7) De manera que, más allá de su propia individualidad, es en esta especie de comunidad donde el rebelde encuentra la regla de vida que tiene que guiar su rebelión. De la sumisión solitaria el rebelde ha pasado así a una solidaridad nacida de las cadenas. Me rebelo, luego somos; pero en este paso donde el rebelde convierte su aventura personal en una hazaña colectiva es necesario que también mantenga el equilibro entre la afirmación y negación que hemos mencionado para evitar que su movimiento devenga en “una embriaguez de tiranía o servidumbre”. (8)

“La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebelión, y éste, a su vez, no encuentra más justificación que en esa complicidad. Tendremos, por lo tanto, derecho a decir que toda rebelión que se autoriza a negar o a destruir esta solidaridad pierde por ello el nombre de rebelión y coincide en realidad con un consentimiento homicida”. (9)

Esto quiere decir que, si bien no siempre es posible evitar la violencia, no es legítimo que los rebeldes justifiquen el crimen con la promesa de un bien capaz de redimir sus actos debido a que “Basta con que un hombre excluya a un solo ser de la sociedad de los vivos para excluirse a sí mismo”.(10) En su extremo, y para no traicionar esa comunidad que había nacido con la rebeldía, si el rebelde se dispone a matar “no tiene sino una manera de reconciliarse con su acto homicida si se ha dejado llevar a él: aceptar su propia muerte y sacrificio”. (11)

Finalmente, con base a estas ideas podemos entender porque para Camus los fines de los dos grandes protagonistas de la Guerra Fría eran los mismos: dominar. Tras la Segunda Guerra Mundial, la creencia de que una sociedad menos desigual era posible a través de una gran revolución guiada por la Unión Soviética permitía tolerar los abusos de sus peores dirigentes, pero para Camus la suerte del mundo en 1950 se jugaba entre las fuerzas de la rebelión y la revolución cesárea, y no entre la producción burguesa y la producción revolucionaria, como solía pensarse, (12) porque si la rebeldía es un movimiento mediante el cual el hombre impone un límite para exigir que se respete su ser sin exigir la humillación del otro, la revolución o movimiento que deja de lado este límite para arrojarse a la conquista del mundo termina convirtiéndose en la campaña de nuevos amos tan despreciables como los anteriores.

“La revolución, para ser creadora, no puede prescindir de una regla, moral o metafísica, que equilibre el delirio histórico. No siente, sin duda, sino un desprecio justificado por la moral formal y mistificadora que encuentra en la sociedad burguesa. Pero su locura ha consistido en extender ese desprecio a toda reivindicación moral”. (13)

Janet Levy, una escultora “entre la tensión y el deseo”

Bibliografía:

Albert Camus. (1951). El Hombre Rebelde. Madrid: Alianza Editorial.

1.- “Sobre el centenario del nacimiento de Albert Camus” por Roberto Breña, El Colegio de México A.C.

2.- Página 30, Albert Camus. (1951). El Hombre Rebelde. Madrid: Alianza Editorial.

3.-Página 31, Ídem.

4.- Ídem.

5.- Página 345, ídem

6.- Página 37, ídem

7.- Página 33, ídem

8.-Página 39, ídem

9.- Ibídem

10.-Página 329, Ídem

11.-Ibídem

12.- Pp. 291 y 292, ídem.

13.- Página 293, ídem.

Foto de portada: Getty Images / Economist