Por Omar Castañeda Saldaña

Los libros me divierten. No soy un bibliófilo ni me considero especialmente erudito. No creo que el paraíso sea una especie de biblioteca como Borges, ni que el libro nos redimirá, como Vasconcelos, ellos sí, para que vean, hombres de muy elevada erudición. Simplemente me gustan los libros.

A menudo me ocurre que tras disertar dos o tres minutos sobre el libro X del autor Y, me sorprendo hablando de gente, lugares, recuerdos, en fin, de todo menos del libro en cuestión.

Es curioso, cuando leo ocurre una alquimia análoga. Leo, paseo los ojos sobre sucesiones de letras que eventualmente me permitirán formar imágenes mentales. Lo imaginado, en esencia visual, troca pronto en sensaciones. Ambas se conjugan para desbordar por momentos el texto. Ese desordenado vaivén, semejante al oleaje, pronto me invita a discurrir mis vivencias, emociones, esperanzas.

Para no ir tan lejos, hace poco leía de camino a casa “La otra muerte”, un cuento de Borges que de amoroso no tiene nada. Hallábame leyendo la pasión, muerte y redención de Pedro Damián cuando una potencia invisible y sorda me estrujó el corazón: me iluminé. ¿Y si dedicara mi vida a corregir esa bochornosa flaqueza? (todos tenemos algo que podemos llamar así, esa bochornosa flaqueza). En lo más hondo pensé, como Pedro Damián, que si el destino me trae otra batalla, yo sabré merecerla.

Ahí estaba yo, recordando arrepentido mi flaqueza, autoafirmando mi voluntad de resarcirla, imaginando una sucesión infinita de posibilidades mientras un nudo en la garganta prologaba lo que sin duda serían las lágrimas menos esperadas de mi historia. Heme ahí, llorando, o casi, con El aleph entre las manos (el libro, no el objeto de objetos) mientras hacía mi rutinario recorrido en metro.

Cierta justicia cabe en preguntar qué relación guarda un hombre que muere dos veces con una flaqueza personal acaecida ya hace tiempo. Yo también lo ignoro. Creo que en esa incógnita reside mi apetito por los libros, ese conjunto de hojas encuadernadas cuya existencia desborda los límites precisos del soporte físico.

Me gustaría ofrecerles una definición exacta, es decir, poética, de libro. Pero me huye, se empeña en resistirse a mi palabra, tal como los libros mismos cuando hablo de ellos. Así es el libro, supongo, ese objeto inasible.

Foto de portada: La primera piedra

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