Un artículo de Saúl Ibaryogen / Revista El Grito

“La señora senadora ha llegado, señor ministro”, al entrar en el vistoso despacho dijo con abierta timidez el ayudante o conserje recién ingresado al servicio burocrático. Hombre joven, ¿25, 30?, de tosca formación escolar, había sido ubicado en ese cargo de neutra relevancia por su tío Amodio, teniente coronel en retiro y leal compañero de armas y tragos del ministro de la Defensa.

“Ah, sí… Hacela pasar… ¿tenemos café caliente, refrescos, galletitas?”.

“Sí, señor ministro, todo eso hay, lo trajeron mismamente ayer… ¿Ya voy sirviendo…?”.

“Sí, pero que pase antes, si no ¿cómo coños va a tomar el café?”, a lo que agregó, en puridad de pensamiento, “este tipo es un boludo”.

El ayudante o conserje, que podríamos bautizar parcialmente Juanito, para ahorrar tinta y saliva, sin dar la espalda totalmente al egregio funcionario, hizo un ensayado giro y dio alas a la puerta de roble legítimo:

“Pase usted, señora senadora… El señor ministro…”.

“Dejate de reverencias, ¿o no sabés cómo me pega en los ovarios tanto discursillo burocrático? Somos un gobierno sencillo, del pueblo”.

“Pasá, Tania Lucía, sentate, qué bueno que viniste de rápido… Ché, Juanito, traete el café, que esté bien oscuro, como le gusta a la senadora… El agua mineral, las galletitas sin azúcar, ¿ta?”.

“Gracias, señor ministro… Estos sillones están de primera. El cambio de despacho te favorece, ¿no es?”.

“Sí, ahora todo va de mejor en mejor… Andate, Juanito. Quedate ahí afuera, al pendiente”.

“Sí, señor ministro, a sus órdenes y mandatos”.

“Al fin solos, Tania Lucía. Este muchacho me lo encajó el Amodio, es medio pendejo pero sirve. Tuvo que hacer un curso rápido de expresión oral… Decime, ¿cómo estuvo la sesión del senado?”.

“Es todo un tema, querían hacerte un llamado a Sala los cabrones”.

“¿Cuáles cabrones? ¿Los nuestros o los de ellos?”.

“Casi todos, se pusieron en el rol de patriotas, alguno hasta sacó una bandera roja, azul y blanca del libertador José Aragón…”.

“¿Y luego?”.

“Mirá, yo sabía que la oposición estaba haciendo teatro… ellos adoran a los rubios del Norte. Sólo para engañar a su propia gente. Entonces, ahí no más, pedimos un receso. Juntamos a nuestra bancada y aplicamos el ordeno y mando… Hubo que apretar un poco, ni modo. Además, como no tenían buena información y andaban en asuntos de elecciones internas, se apendejaron, según dicen en Mesoamérica. Entonces fue facilongo, la oposición rosada acompañó, la blanquiazul luego luego, no hubo ni abstenciones: ‘nanimidá de todos’, mi querido”.

“¿Y cuándo se dará información a los medios? Porque la sesión iba a ser medio de apuro, casi secreta, así arreglamos el tema, ¿o no?”.

“Sí, ése fue el acuerdo con la embajada. A cambio, ellos estudiarían nuevas inversiones… El país necesita entrada de capitales…”.

“¿Qué te pasa? No me des línea a mí, nena. Si eso lo resolvimos también nosotros, o sea, el anterior ministro y yo. Vos entraste después, como nexo con el presidente y el ministro de Relaciones Exteriores…”.

“Sí, ya sabemos… Ta bueno tu café…”.

“Para vos, siempre lo mejorcito…”.

“Lo que me jode de este gobierno nuestro es que, si bien nos conocemos de años, y mirá que la pasamos de todos los colores, haya diferencias en temas canijos. Como este de los marines gringos… Si vienen a echarnos la mano contra el terrorismo y el narcotráfico en la región…”.

“Está clarito pero no creo que en la fuerza de gobierno, con los despelotes ideológicos existentes, aparezca mucha discusión sobre el asunto… Hay bastante confusión, por suerte para nosotros, aunque siempre terminan parloteando sobre asuntos de principios…”.

“Es que la coalición es una ensalada esquimal…”.

“¿Esquimal?”.

“Sí, porque nadie sabe de qué está hecha… A más, los esquimales no comen ensalada…”.

“¡Coño!, que estás rara de plática…”.

“Pero me entendiste, ¿o no? Te explico: o sea, que los marxistas de la coalición dicen que se apoyan en la jodida ciencia, y los menos marxistas se recuestan en el centro, y los del centro apuntan a la derecha, y en nuestro partido sí que hay una mezcla del caray… Se juntaron muchos con nosotros, de diverso pelo, socialcristianos, los del culto umbanda, capas medias desarraigadas, hasta quienes sueñan con que hay que agarrar las armas de nuevo…”.

“¿Qué términos están usando…? Eso ya pasó, se nos acabó la pólvora, querida guerrillera heroica. Son años ya, mirá que nos dieron de punta. Los que quedamos supimos entender a tiempo que el camino era otro, el de la democracia electoral… ¿Te acordás que nos reíamos de los putos burgueses, de sus lujos, de su arrogancia?”.

“Bueno, no entendimos que eran tan fuertes con su ejército; su policía; sus escuadrones de la muerte; los generales vecinos de tres países; los gringos de la cía, con su oficina en la central policiaca… La verdá, que nos cogieron cuando quisieron, y también nos usaron de tapadera. Eso yo lo dije antes que otros compañeros de la Dirección, si hasta Raulito no lo aceptó al principio… y vos tampoco…”.

“Escuchame, senadora heroica, teníamos muchas cabezas y también muchas ideas. Cada uno quería meter su línea de acción, ¿sí o no? Que trabajar ideológicamente a los milicos, convencerlos, traerlos para este lado de la cancha… o que había que ir a la pelea en provincia, con los trabajadores del campo, los peones, los de la caña de azúcar… o que había que reforzar los núcleos de ataque y las acciones directas… o que aumentar las cárceles del pueblo con dirigentes políticos y empresariales…”.

“Sí, sí, ¿por qué ahora estamos hablando de todo eso? ¿No acordamos, al salir de la prisión, que era tema muerto? ¿No habíamos salido vivos, castigados, enfermos, despistados, sin pensamiento claro, pero vivos?”.

“Nos soltaron casi al mismo tiempo, en el año… en fin, nos reunimos tres veces, en la fea casa del actual presidente…”.

“¿Por qué no decís su nombre? ¿O no es un compañero?”.

“Si uno nombra al diablo, el desgraciado diablo aparece…”.

“No me jodás, ministro heroico. Cada uno tiene lo suyo. Ese acuerdo tenía valor permanente, y también el que hicimos con los milicos. Les dimos información y ellos mejor trato. Por eso, y no te hagás el distraído, estamos donde estamos, ¡arriba! ¡Quién lo podría imaginar! ¡Ni los seguidores del viejo Lenin!”.

“Los milicos sabían que a la dictadura le quedaba poco aire. Sabían también que sólo con nosotros, como cabeza prestigiosa del movimiento popular, y con los señores burgueses podrían hacer arreglos. Los dirigentes del partido rosado y del azul apoyarían lo que fuese, aunque de boca para afuera se mostraran escépticos y grandes guardianes de la democracia. El estúpido pueblo se comió esa sopa… Y vaya que le sacamos jugo a eso del prestigio… Fuimos ejemplo mundial, Tania Lucía, todavía hay gente que se lo cree… En fin, más tarde entramos en la coalición, somos mayoría hoy, y en el caso del permiso a los marines, los pelotudos marxistas y socialatas ni se la olfatearon para oponerse a algo que iría contra sus sacros principios, en su obsesión por discutir un programa…”.

“Es verdá pero no me des línea ahora a mí, che ministro. Lo bueno es que seguimos como héroes nacionales… ¿Pa’ qué hacer tanta historia? En vez, tendríamos que rever tu propuesta sobre la creación de un mercado autónomo del Estado, que dé agilidad a la inversión de afuera y más facilidades a la de adentro, con ajuste salarial y fiscal, mejor nivel material de nuestros socios milicos…”.

“Eso es lo que plantea el ministro de Hacienda, que, como estás enterada, tiene un pleito pesado con el presidente sobre el tema del impuesto del dos por ciento a los terratenientes… Ese pleito lo ganará el presidente pero le costará el apoyo de los empresarios a nivel nacional…”.

“Pero el pueblo puede apoyarlo por eso… Anda bien en las encuestas… ¿Y entonces?”.

“Ahí, como salivazo en plancha caliente, solicitamos los aumentos para los milicos, soldados y policías, ¿entendiste?”.

“¿Quién te enseñó eso? Vos, de economía, no tenías ni idea…”.

“Estoy en buena relación con Hacienda. Están cocinando un paquete con previa aprobación de la embajada del Norte. Allí están nuestros mejores socios… Al recordar lo que yo pensaba en otro tiempo, hasta me da bronca porque perdimos buenas oportunidades, y hoy debemos apurarnos…”.

“Ya no somos niños, señor ministro. Y llevamos en el cuerpo algunas cicatrices de bala, de quemadura de cigarrillos y de picana, de puros macanazos… Por eso a veces pienso que este trato con los milicos está bien para la patria pero jodido en lo personal… Tenemos nuestros muertos, y no fueron los únicos, ¿no?”.

“No pienses así, ya pasaron añitos, logramos vivir, entramos en otras luchas, con nuevas ideas: somos parte de la izquierda moderna, Tania Lucía… Otros tarados siguen adorando el retrato de Marx, las barbas blancas de Fidel, la boina del Che… ¡No me jodan!”.

“Ta bien pero a vos no te violaron… a mí me agarraron entre dos o tres bestias…”.

“Te lo repito como lo dije hace veinte años: no te cogieron más por el acuerdo con ellos, ¿no fue así? Nunca me lo agradeciste… Estabas bastante buena, lo reconozco…”.

“¡No me gusta un carajo que hables así! Yo hice carrera entre nuestra gente, soy senadora por mérito personal, y vos…”.

“Eso es otro pedo, heroica senadora. Si trabajé para ellos antes, durante y después fue por una patria para todos o para nadie”.

“Sí, cuando estuviste preso te dejaron leer, te daban información o te la pedían. Y al presidente que no querés nombrar lo tuvieron aislado como diez años, sin leer una línea de nada, para vaciarle la cabeza. Y ahí lo tenés, entero hasta donde puede un descendiente de vasco…”.

“No te olvidés que él también cantó a más de uno… y vos igual…”.

“Escuchame, cantar cantamos todos o casi todos: lindo coro y sin música solemne. Un jodido himno a la traición…”.

“¡Traición! Repito y repito, como desde hace años entre nosotros, que lo hicimos por la patria para todos…”.

“¡Qué patria ni patria! ¡Fue por un país para los ricachones, para la base militar de los gringos! Y ustedes, como socios o cómplices, o lo que mierda fuera…”.

“¿Cómo ustedes? ¿Y vos no? No te calentés, Tania Lucía. Nos conocemos de media vida, si hasta planchamos sábana juntos…”.

“Ese tema ya pasó, heroico ministro… Una se cansa… Mejor volvemos al asunto de la sesión en el senado. Fue una votación rápida, nunca vista. Me llamaron de la embajada de inmediato, al salir para acá. Dijeron estar muy satisfechos, todo verigüel. En unos meses mandan otra misión de ese grupo especializado, el que acabó con Obama ben Laden. Nuestros fusileros navales van a aprender cantidá con ellos…”.

“¡Qué bueno, che! A partir de mañana temprano me ocupo de la prensa… Ah, ¿no se enfrió tu café? Le pido a Juanito que te traiga otro”.

“No, dejalo así. Al final, frío, tibio, caliente… es todo lo mismo”.

Las palabras no pueden decir todo: 27 de junio de 1973