Un artículo de Melba Guariglia /Imagen de portada: Sin título, Noémie Boullier / El Grito

Dicen que mi gato Merlín es poeta. Yo no diría el lugar común de que es mago, pero sí que tiene un misterio en el fondo de sus ojos; cuando me mira sabe lo que estoy pensando, aunque esto también sea un lugar común entre gatófilos.

Pero digo esto porque hoy 27 de junio, como suele suceder con las fechas, un foquito se encendió en mi memoria, siempre viva, pues en la historia no existe pueblo sin calendario, y menos sin días destacados. Más allá de que el mercado siempre ha aprovechado esto, los símbolos existen y el tiempo, sea cual sea su concepción, está marcado por hitos que organizan nuestro desarrollo humano.

Mi gato lo sabe, por eso hoy me miró diferente y sus ojos brillaron cuando se encontraron con los míos. Él conoce, por estudioso, que cada sociedad señala esos momentos, y allí se guardarán los hechos que a lo largo de la vida han sido significativos para la historia de la humanidad o de los pueblos; en este caso, para los uruguayos y uruguayas de este hemisferio sur. Y Merlín no dejó de recordarlos, navegando en lo hondo de mis memorias.

Un 27 de junio de 1973 nuestra institucionalidad recibió un golpe doloroso que duró más de diez años, y que consistió en un verdadero golpe de gracia de los procesos autoritarios que veníamos sufriendo, antes aun de recibir ese nombre.

Un día como hoy se aplicó una marca indeleble a aquello que transcurría de forma solapada: un país gobernado por medidas y decretos, donde los estudiantes eran asesinados y los trabajadores encarcelados y militarizados por ir a huelga… Pero hoy, hace 44 años, se asestó un knock out a la Constitución; se disolvieron el Parlamento y la Justicia, se silenciaron radios y periódicos, y una dura cadena informativa de eslabones armados se apropió de toda noticia al aire. Una voz total para decir la única palabra posible: terror. Una información repetida hasta la fatiga, como amenaza que para nosotros, los jóvenes de esa época, era silencio.

Ese junio salimos a la calle a llevar alimentos a trabajadores y estudiantes que ocuparon las fábricas, las oficinas, los institutos, los sindicatos, en una huelga general de miles de personas que duró dos semanas, firmemente, en defensa de la democracia, a pesar de la represión. Nosotros también abandonamos nuestros empleos en repudio al atropello a las instituciones, rápidamente atacadas y controladas por la fuerza; recorríamos envueltos en bufandas lugar por lugar, atentos a las necesidades colectivas, y éramos muchos también, mujeres y hombres convencidos de nuestros ideales, unidos en la esperanza, enfrentados a militares que, en connivencia con civiles, buscaban la propiedad del poder para su beneficio. Íbamos con amigos y compañeros de labor, en pequeños grupos, las manos entrelazadas, recuerdo; juntábamos polenta, arroz y fideos junto con mantas y frazadas para el frío, igual que ahora para las inundaciones.

Nos reuníamos de a tres o cuatro apenas, clandestinos, para trasmitirnos informaciones que no se escuchaban en otros lados, lo que se veía en la realidad, e intercambiábamos con artistas, con fotógrafos, con aquéllos que podrían testimoniar verazmente los hechos de la represión. Enterrábamos en los jardines libros y discos censurados, después de leerlos y escucharlos entre todos. Hablábamos y debatíamos sin temor a alejarnos por las diferencias, buscando caminos que nos llevaran juntos a una mejor respuesta.

Se hablaba para contrarrestar los comunicados impuestos desde diarios, radios y televisión, todo custodiado por la palabra única de las Fuerzas Conjuntas creadas por la dictadura. En estos noticieros, sobre una cortina de música marcial, se requería a sospechosos de oposición al régimen, sin pruebas, a comparecer ante la justicia militar, y cada día aparecía una nueva petición de captura. Esto fue seguido del secuestro, la desaparición en cuarteles, la persecución y cárcel.

Hasta las palabras fueron condicionadas, impidiendo por decreto que muchas fueran utilizadas públicamente. Escuchamos en esos obligados informes mediáticos requerir a Daniel Viglietti, a Zitarrosa, a Galeano, en fin, a quienes de una u otra forma se oponían al poder ilegítimo. Se hablaba entre nosotros para no perder la palabra, defender lo que todavía nos quedaba. Golpeados, maltratados, así, entre solidaridad y pelea continuamos la resistencia.

Todo era digno de sospecha, aprendimos a hablar en silencio, a comunicarnos sin decir, una mezcla de Bastet egipcia y de mística predicción del futuro, como el enigma de los gatos. Merlín parece creer que necesita proteger mi manuscrito de los ratones, como si éste fuera un antiguo texto sagrado, destinado a permanecer como testimonio de mi pequeña historia. Tal vez su mirada del día significa que él intensificó la luz, tiernamente, para que yo me atreviera a contar algo siquiera de lo que mis ojos reflejan del pasado.

Y recuerdo a mi padre, sentado al frente de la calle Félix Olmedo, llorando ese día al ver pasar los tanques de guerra por la avenida Agraciada, mientras los milicos encaramados hacían la ve de la victoria. Él, que había defendido al gobernante Partido Colorado, ahora cómplice de la dictadura; que vivió en Florida hasta su juventud y sólo había oído hablar de la dictadura de Terra, y admirado a Brum y a Grahuert, dos mártires de aquella dictadura de 1933, que fuera señalada como una “dictablanda”.

También recuerdo claramente el miedo al asalto y secuestro de nuestra palabra, a la prisión y la tortura, a los infiltrados en cada grupo, a las obligaciones sin derechos. A lo que podría pasar con nuestros amigos y amigas encarceladas injustamente. A los abusos cuando subían los militares armados a los ómnibus y detenían los taxis y allanaban nuestras casas buscando volantes, materiales escritos a favor de la democracia, poemas dolidos dirigidos a nuestros ausentes.

Hoy me sentí comprometida a hablar; recordar es inevitable porque “el olvido está lleno de memoria”. Allí permanecen por siempre los días tristes de un desgarro que marcó nuestras jóvenes vidas y nos sumió durante muchos años en un espanto donde las palabras se cobijaron entre líneas, y aprendimos a decir con imágenes y metáforas lo que estaba prohibido decir.

Gestos y palabras, ojos y memoria escrita como crónica se entrelazan en un largo día, que involucra no sólo a las instituciones en hechos criminales, sino también a civiles, en su mayoría todavía impunes. Crónica de la búsqueda de justicia que, como en España y otros pueblos, aunque tarde, llegará.

Estoy segura de que los exiliados, los prisioneros y quienes permanecieron en el país en aquellos tiempos, en las peores condiciones, pudieron desarrollar su vocación de escritores sobre cualquier soporte, en aras de no perder la voz que se pretendió acallar por largos años de terrorismo de Estado. Y hoy pueden pronunciar sin pedir permiso. Otros y otras optaron por dedicarse a la política en el discurso honesto y responsable, en el texto periodístico y la investigación veraz, en los diversos géneros de la literatura, y siguen contribuyendo de una u otra forma a alcanzar los sueños que aún falta por cumplir.

Vaya hoy también mi recuerdo para Francisco Espínola, quien murió este mismo día, reconocido escritor y docente uruguayo, combatiente contra la dictadura de Gabriel Terra, solidario con la República Española. Se sumó al proyecto de una sociedad más justa, como muchos compatriotas, y luchó hasta el fin por consolidarlo. Creo que Merlín, como él, pensó que las palabras no pueden decir todo, aunque quieran, y descubrió que no son sólo las ratas las que pueden traer la peste.

Nunca más el olvido y el silencio es nuestra consigna de hoy, en libertad, en todo Uruguay, por derechos y paz en toda Latinoamérica. Que sea la palabra la que no permita que se apague la luz del mundo. Que no envejezca la esperanza para que la juventud continúe con nuestras banderas. Que la memoria nos ayude a permanecer confiados, por aquéllos que nos siguen.

“Ha llegado el momento de hacer por los hombres algo más que amarlos”, dijo Paco Espínola, y hoy, cuando afortunadamente los derechos se amplían cada vez a más grupos, agrego: “y por las mujeres”.

El libro, ese objeto inasible